Es probable que el lector del presente artículo conozca, de primera mano, la odisea que implica intentar conseguir dinero en efectivo que, en pocos momentos, se esfuma de las manos por el alto precio de las cosas. Es probable, también, que sospeche que el incremento de los precios obliga a multiplicar la cantidad de billetes en circulación… ¿Y si supiera que es al revés?

El dinero, los billetes, no son únicamente vectores de compraventa (es decir, lo que Hawtrey denomina “instrumentos en circulación”), sino bienes activos de producción. Es decir, cada billete, cada bolívar, responde a un patrón productivo parecido al de cualquier bien de consumo. La masa monetaria de un país está sujeta a la arquitectura productiva del mismo; una productividad óptima normalmente irá acompañada de un balance de billetes óptimo, porque en tanto la productividad permite una “escala ascendente” de bienes de consumo, el dinero se encuentra en una “escala descendente” de circulación. Es decir: usted puede consumir más productos con menos cantidad de billetes.

A este hecho, en principio sencillo, hay que adicionarle dos realidades. La primera de ellas, que es el aislamiento económico nacional, cuya práctica tiene por resultado que Venezuela no suscribe (o no obedece) criterios internacionales de control monetario, realizando una impresión indefinida de billetes. La segunda, que se intenta honrar los compromisos de deuda o crediticios haciendo uso de las reservas internacionales. Ambos hechos deprecian el dinero al hacer que su valor (sostenido por las reservas) disminuya. Esta es la razón por la que Pdvsa, por ejemplo, tiene que vender bonos para poder costear la deuda, pues no existe forma de pagar haciendo uso del mercado interior.

En el momento en el que la productividad es perturbada, los procesos inflacionarios se pronuncian. Si un productor, por ejemplo, de café, puede producir 30.000 kilos del rubro, puede vender cada kg en 20 bolívares; si el productor puede producir 20.000 kilos, deberá vender cada kg en 40. En la misma medida en que la productividad se desacelera, la “escala ascendente” de bienes de consumo se reduce y la “escala descendente” del dinero se contrae. Si a ello se suma que, en vez de atender el problema central, que es la productividad, se acelera la producción de billetes, inmediatamente se entra en un círculo vicioso donde la impresión de billetes, que es signataria de un proceso productivo también, baja aún más el valor de la moneda y, consecuentemente, el precio vuelve a incrementar.

Volviendo al ejemplo del productor de café: si su producción se ha ido reduciendo progresivamente y descendió a 1.000 kilogramos, al precio del rubro no sólo deberá sumársele el precio de la reducción (a unos 5.000 bolívares por kilogramo), sino el precio ocasionado por una circulación masiva de billetes. Según sea el caso, el valor que esta tenga puede aumentar su precio poco o mucho.

Esta situación sólo habla de un bien agrícola hecho de manera artesanal. Para la producción agrícola más sofisticada se necesita, en la mayoría de los casos, de bienes que se importan de otros países, o bien que requieren de importaciones para perpetuar su producción. Los bienes de importación se adquieren con la divisa de comercio internacional, que es el dólar. En este caso, con el dólar sucede exactamente lo mismo que con cualquier otro bien: a mayor cantidad, menor precio. Una reducción de la cantidad de dólares incrementa su precio en el mercado, de modo que si el estado cuenta con 400 mil millones de dólares, puede vender cada uno en 7 bolívares; si cuenta con 20.000 millones, debe vender cada uno en 5.000. La escasez de la divisa produce, por agregado, un mercado paralelo en el que los productores e importadores se ven obligados a entrar, porque es el único donde pueden adquirir la moneda con libertad.

Dicho de otra manera: control cambiario, con sus restricciones, sumado a la disminución de dólares, hacen prácticamente imposible adquirir la divisa en su “mercado legal”, obligando a la población a recurrir al mercado paralelo. La inflación neta de la reducción de importaciones, con la consecuente menor productividad, es sostenida porque las medidas contingentes no están destinadas a la productividad, que es el origen del problema, sino a multiplicar la masa monetaria. A ello se le suma que dicho incremento no se realiza sobre billetes con mayor valor nominal (de 5.000, 10.000 ó 20.000 Bs), sino de menor valor (100 Bs), lo que agrava el problema.

El problema, en definitiva, es que las medidas “paliativas” para la crisis, que no atienden el problema en su punto basal (la producción), acaban generando un vórtice de repetición que, como un perro siguiendo su propia cola, sólo sostiene el cada vez más grave problema.

Fuente: por Fernando Villamizar, para: La Voz del consumidor

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