Votar o no votar… ¡Esa es la vaina!

¿Qué es mejor para el alma,

sufrir los insultos de la injusticia, sus golpes y dardos,

o rebelarse contra el océano del mal y oponerse a él,

y que así todo cese de una vez y para siempre?

No votar, morir, dormir, no despertar nunca más,

y así poder decir por fin: “todo se acabó”,

y con un sueño sepultar para siempre los dolores

del corazón, los miles de quebrantos,

dando fin a todos los males.

No votar, morir, quedarnos dormidos… ¡Tal vez soñar!

¡Cómo será cuando de la democracia no percibamos ni un rumor!

¡Qué sueños nos traerá ese sueño de una muerte absoluta!

Esta posibilidad me espanta. He aquí la razón que alarga la vida de mi desgracia.

¿Pues quién puede continuar soportando al opresor,

y las burlas del mundo, la injusticia del tirano,

el áspero desdén del soberbio, la arrogancia del poder,

la espera del juicio y las demoras de la ley,

la hostilidad al mérito pacífico,

cuando uno mismo tiene a su alcance el descanso

de dejarse morir?

¿Quién puede soportar tanto? ¿Llorar tanto? ¿Llevar en la vida una carga

tan pesada? Nadie, si no fuera por el temor a ese algo tras la muerte

de la democracia, a esa dictadura absoluta de cuya lúgubre frontera

ningún viajero retorna, que nos hace soportar los males ciertos

y no volar a otros ignorados.

Esta duda nos hace a todos cobardes

y la ardiente resolución se desvanece en tenues sombras del pensamiento;

y así empresas de gran peso y valor llegan a torcer su rumbo

para nunca ser acción y convertirse en vanos designios.

Fuente: prodavinci.com

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